Buenos Aires

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo…

Aterricé de noche con el frio de un invierno desteñido ante la inminente llegada de la primavera. Doce horas de avión, un océano de por medio  y varias tazas de café con esperanza como azúcar.

Que difícil explicar dos semanas en una ciudad desconcida y sin embargo tan cercana. No quiero empezar la casa por el tejado, por eso he recogido los escombros y con ellos escribo este mosaico de impresiones y realidades fragmentadas por la mirada del ojo extrajero que no extraño.

Ciudad de inmigrantes con sueños cumplidos y de añoranzas de otra tierra y otros tiempos. Sus cafés son cápsulas de tiempo donde los recuerdos están atrapados en sus muebles de madera y en los uniformes de unos camereros a los que el paso de la vida les ha agriado el carácter, algo tosco, seco pero todo eso se olvida cuando llega el cafesito y las 3 medialunas reglamentarias.

Su estructuración por cuadras fuerza al caminante a eligir siempre un destino desconcido, una constante  encrucijada de cuatro caminos. Su division de escuadra  y cartabón contrasta con el caos de la ciudad. Al ruído de sus aceras quebradas le acompaña el motor incesante de sus “bondis” de latón coloreado, carreadores de las historias cotidianas de una ciudad a la que cuesta seguirle el ritmo.

Buenos Aires tiene ferreterías en cada calle, como si todo estuviese por hacer o por arreglar. A estos establaciemiento casi siempre vacíos se le suman las cerrajarías muchas puertas por abrir y otras tantas que no se quieren cerrar por ese regusto dulce que tiene la nostalgia.

No quiero ponerme hablar de la comida por que esto no es un texto culinario, solo decir que expresiones como “una de mussa” y “una empanidita de carne” deberían formar parte del vocabulario popular de cualquier país.

Desde hace tiempo que pienso que las grandes ciudades son unos monstruos de muchos brazos, o te dejas abrazar o pueden acabar estragunlándote. Son junglas con reglas y en Buenos Aires imperia la aleatoriedad como norma general.

Buenos Aires tiene sus oasis, y estos carecen de agua pero desbordan en ellos los libros.   Y es que el libro electrónico es una arma que lo porteños han decidio no empuñar. Las librerías son un  lugar no solo para la cultura, es una manera de parar el tiempo y el frenesí de sus avenidas.

Sus agujéros negros son las villas, son las vidas a medio construír en las vías del ferrocarril, una especie de purgatorio, una sala de espera  a un tren que nunca llega. Al otro lado la opulencia ciega del que tiene mucho y al mismo tiempo no posea nada excepo su ego.  Las llaman miseria, por la pobreza que sujetan entre sus manos, esa misma pobreza que sujeta unas casas incabadas, allí no hay ferreterías, quizá no conviene arrelglar las cosas.

A los colores de sus calles el sol les ha robado su niñez, pero aún así todos conservan una calidez constante, quizá porque a los porteños les gusta amar y ser amados. Se despiden con abrazos y te quieros, se saludan con sonrisas y grandes esperanzas, que bello es sentir de nuevo el calor humano. Quizá por eso les corra el arte por las venas, por que la vida no se reduce a facturas y responsabilidades, por que crear es una forma de respirar, mas sana, más honesta.

Buenos Aires, Madrid, Santiago, Paris, Londres, New York… Las capitales son ciudades sin patria, hogar de los exiliados del alma,
de los tratamundos indecisos incapaces de asumir el paso del tiempo y las fechas de cadudicad. Avenidas y callejones sin salida, las capitals son escondites  para los fugitivos hijos de la poesía, la música  y el arte, son ellos los negadores de las existencia de una realidad encerrada en cuatro paredes. Hay muchas más realidades pararelas, más jodidas más con los pies en la tierra, más quebradas, pero no me siento con autoridad de contarlas. Yo al fin y al cabo, solo fui un pasajero, otros pies que dejaron huella y se llevaron un poquito de ese aire porteño que tienes ese que se yo. viste.

 

 

 

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