Streets of my own

photoCuando te rompen en corazón uno vuelve a las cosas simples, vuelve a  lo que nunca debió olvidar. En los últimos 3 meses me he dado cuenta de  que muchos recuerdos imprescindibles tienen como puesta de escena una cocina. Así que empecé a recordar todas las cocinas en las que he vivido, 11 en total. Y eso sin contar las de mis abuelas, amigos, tíos y tías, deconocidos y toda esa gente que aparece en una noche para desvancerse en el café de la mañana.

Sobremesas que se unen con la cena, riñas familiares sobre política y los minutos de cocción de unos langostinos(ambos de igual importancia), cucharadas de sopa con exceso de sal, cafés de una segunda cafetera, hacer montañitas de migas de pan en un mantel, bocadillos de chorizo e un vasiño de auga antes de ir para cama.

Y así uno vuelve a mudarse, a empezar de cero, a colgar las mismas fotos en una pared extraña para volverla amiga, a diseñar cinco focos de luz diferentes para que la cenital no vuelva los espacios en lugares sin alma, a sacar zapatos, a esconder fotos y a recordar noches gracias al hallazgo de la pareja solitaria de un pendiente rojo en el bolsillo de una chaqueta olvidada.

Cuando caminaba para casa pensaba en que algún momento echaré de menos esta calle que todavía hoy se me hace estraña, sé que  memorizaré la luz de mayo en la esquina de Jenner road y tendrá la misma belleza que la rotonda de Clapton, que la boca de metro de Bethnal Green, que las calles nevadas de Lordship Road, que la incertidumbre de Queensbridge Road y los atardeceres del balcón de Albion Road. Todas ellas pasarán al olvido y al mismo tiempo serán cicatrices de tiempos vividos, de personas amadas y de tantos errores cometidos.

Lo curioso es que todo pasa, todo se vuelve ceniza y al final las paredes de una cocina se reducen a las sonrisas de mi padres y mi hermano, a los labios rojos de Marieta, a las manos de Raque removiendo en el café, a las maneras impecables de Vicente en la mesa, a los platos vacíos en las cenas con de Oli y Lucas,  al ritual del los desayunos de Patri y a tantas copas sin acabar en casas de amigos a lo que debo visitar pronto.

Nadie dijo que era fácil, pero tampoco dijeron que era imposible. Sólo hay que encender la luz,  mirar por la ventana y saber que la gente que importa de verdad vive ahí, a la vuelta de la esquina. Las calles cambian pero los amigos siempre quedan.

A todos mis amigos que han tenido que irse, a los que han tenido que volver, a todos lo que dejaron todo pero se llevaron lo importante.

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