Su espalda

Baby cryEran las 7:17 cuando entré en aquel bar del que he olvidado el nombre.  Ellos se sentaron en la terraza por eso de la esclavitud del fumador de estar al aire libre, paradojas de la vida. Yo me acerqué a las primeras mesas para escuchar mejor aquel tango que sonaba tan lejos de su tierra. Estaba en Bruselas y era el principio de un verano que se tornaría turbulento, aunque en aquel preciso instante desconocía por completo la noches sin día que estarían por venir. Me senté en una mesa alta y pedí un vaso de vino tinto por que lo oscuro siempre me ha hecho sentir más segura, no hay matices que descifrar. Quizá por eso aquella noche me pinté los labios de un color rojo opaco, para protegerme de aquellos besos tan despojados de amor, en un intento de decirme a mi misma que sellando de rojo oscuro su rostro él no volvería a herir a nadie más, aunque para mí ya era demasiado tarde.

Tras el primer trago de vino y guitarras llenas de nostalgia sentí su presencia. Allí estaba ella,  sentada con un vestido azul que dejaba ver unos hombros tan desnudos de amor y tan ansiosos de atención. No pude evitar recorrer cada lunar de su piel. Sabía que  él me observaba desde la terraza fumando un cigarro que se consumía a la misma velocidad que nuestra relación. Él tan borracho de su arrogancia ignoraba el hecho de que yo ya no estaba ahí y había dejado de escuchar sus miradas. Recordé entonces una conversación que años atrás tuve con mi madre, ella decía que solo las espaldas dicen la verdad por eso le gustaba observar a la gente caminando. Y así empecé a entender aquellos hombros tan frágiles que se encajaban como los de una marioneta en las mangas de aquel vestido azul, eran piezas rotas sujetas por imperdibles oxidados que alguien se había olvidado de limpiar. Se sentó allí durante toda mi copa de vino y  yo la observé tratando de devolverle un poco del amor que le habían robado. Nunca se giró, nunca vi su rostro, nunca pude si de verdad había tristeza en sus ojos, y yo contuve la respiración para evitar que ella notase mi presencia. Quizá temía estar equivocada, quizá temía verme a mi misma.

Los chicos me llamaron, volví a pintarme los labios y me fui.

Cuándo la vida se vuelve aburrida es mejor inventarse historias y espaldas.

Ausencia.

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