Como olividamos de enamorarnos

img_4480-copia-2Hace ya unos 3 años que una idea ronda mi cabeza,  la gente ha olvidado de como enamorarse. Y no lo digo solo  en el sentido romántico de la palabra, si no en uno mucho más amplio, que incluye amigos, hermanos, primos, hijos, colegas y hasta vecinos.

Esta obsesión por el yo y por un futuro que labrarse nos ha puesto a todos  una cuerda en las muñecas, una venda en los ojos y sobre todo una mordaza que no sólo cubre nuestra boca si no que nos ahoga el estómago y los pulmones para que no llegue aire al cerebro y así se vayan muriendo las palabras entre objetivos y proyectos.

Escribo esto desde la primera persona muy consciente de los juicios y conclusiones que se pueden sacar cuando una mujer habla de amor.  Dicen de mi que soy una persona enamoradiza pero lo cierto es que solo he amado dos veces y media. Lo terrible es que cada vez da más miedo, dilato más los silencios y esquivo más miradas.  Quizá exagero pero en mi generación hay un miedo terrible a vomitar un simple me gustas, a comprometerse con algo más que nosotros mismos.

Intimar, desnudarse ante otra persona sin volver la espalda y convertirse en algo más puro y perfecto que uno mismo. Por que sin el otro, perdemos la perspectiva de nosotros mismos. Y no quiero decir que sin el otro estemos incompletos, ni que haya una amor infinito que nos salve de nuestra soledad universal, pero me preocupa seriamente que nos estemos convirtiendo en seres incapaces de amar por que si, sin un razonamiento lógico, sin  un propósito y un objetivo. Me aterran los no tengo tiempo para esto, porque en un mundo lleno botones para compartir parece que están desapareciendo personas capaces de darlo todo por alguien y no por algo. Amar significa para mi la forma más plena de empatía, y sin ella poca esperanza hay en el mundo para que las cosas vayan a mejor, incapaces de amar seremos criaturas impotentes a cualquier forma de diálogo y entendimiento con nosotros mismos y con el otro.

Me pregunto si este pensamiento que se ha convertido en una especie de virus adormilado en algún lugar de mi estómago, es algo puramente generacional o quizá es un peldaño más en esto hacerse mayor. Si es lo primero lo asumo y lucharé por cambiarlo, si es lo segundo me encuentro en una habitación a oscuras tratando de buscar la luz con la yema de mis dedos.

El mayor síntoma de este virus son las preguntas incesantes, esas que te asaltan en la cola del super o subiendo las escaleras de metro ¿a qué tiene miedo la gente ? ¿ por que la sinceridad se ha convertido en una rareza ?

No existe una palabra para describir a alguien que ha perdido un hijo, tenemos viudos y huérfanos pero no para expresar quizá la mayor desgracia del ser humano. Me obsesiona como la lengua transforma nuestra manera de ser, de comportarnos, de crear una cultura y una forma única de ver el mundo, cuando nos faltan las palabras somos como combatientes a los que nos amputado una parte de nuestra alma.

Pensando en palabras que no existen me he dado cuenta de no hay vocablo para describir cuando se pierde en un amigo, quizá porque estos no se pierden de golpe, lo hacen lentamente, se desdibujan en la distancia  de un cruce de caminos divergentes. Perder sin luchar es la mayor de las derrotas y creo que ahora mismo vivimos un mundo de perdedores ciegos por la luz azul de una pantalla de móvil.

Olvidar como amar, como es decirle a alguien te quiero y también te odio, como escuchar con la piel y hablar con suspiros, es creo la mayor derrota a la que esta generación se enfrenta. Mirar al otro lado porque querer significa demasiado esfuerzo, demasiado tiempo invertido en algo sin remuneración inmediata. Nos asusta tener que parar, tener que tornar los ojos hacia uno mismo, hacia la oscuridad de nuestro ser y esa creencia tan egoísta de pensar que somos únicos en el mundo, y para que intentarlo si estamos condenados al fracaso. ¿Pero acaso no es mayor fracaso no arriesgarse de nuevo ?

Escribo esto porque el virus me ha atacado de nuevo desde el lunes por la noche, y esta vez ha dejado entumecido mi cuerpo durante 48 horas, he dormido tanto que mis párpados se han vuelto de un tacto aterciopelado.  He sudado dormida y despierta, en la horizontalidad de mi cama, de este cuarto pequeño de un barrio bien de Madrid.  El virus aún sigue vivo acechándome con sus preguntas. Así que he dejado que mis manos obedezcan sin miedo a sus plegarias.

Olvídense de ustedes mismos, salgan ustedes a escuchar, a palpar, a comer a deshora, a hablar sin objetivos, a mirar al mar  por que sí, a coger el teléfono y marcar un número(si lo hacen de memoria mejor), a hablar en los bares y bailar en el andén del metro.

No olvidemos de amarnos, de abrazarnos y reírnos, porque si lo hacemos estaremos perdiendo lo más nuestro que tenemos, nuestra capacidad de respirar a través de los pulmones de otro, de imaginar un futuro con el corazón de quién está simplemente a nuestro lado.

 

 

 

 

 

 

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