Un acto de honestidad

Captura de pantalla 2016-11-13 a las 20.33.09.pngSalí a comprar como muchos madrileños un sábado por la mañana. Entré en una tienda dónde estaban de liquidación y compré 3 cuencos pequeños de cristal. Continué hasta la tienda de té y al salir de esta mientras cruzaba la calle la bolsa se rompió y los cuencos se hicieron añicos en el medio del paso de cebra. Volví a la tienda para comprar otros, cogí también un tupper ware de cristal pequeño con tapa roja y cuando fui a pagar el hombre me dijo que no, se lamentó de que la bolsa se hubiese roto, que no hacía falta que volviese a parar que lo sentía de verdad. Y allí en ese mismo instante lo vi en sus ojos, honestidad en estado puro, fue bueno y justo, se me erizó la lengua al decir gracias.

Cuando muere alguien como Leonard Cohen, el mundo se vuelve un poco más frío. Evidentemente no lo echaré de menos, no solíamos hablar por teléfono ni quedar para tomar café, aunque me hubiese encantado hacerlo. No me sé todas sus canciones, ni el título de sus discos, ni siquiera sé si estuvo casado, si era de té o café. No pretendo ocupar el duelo de los que si lo tuvieron cerca, de los que probablemente llegaron a vislumbar dentro de su alma. Sin embargo cuando leí la noticia el viernes por la mañana fue como si llenaran los pulmones de lágrimas, se me encogió el estómago y el tiempo se detuvo. ¿ Por qué ? ¿Por qué sentir la muerte tan cerca cuando está tan lejos?

No es por él, es por el pasado que ya no volverá, es por los recuerdos, por las personas que sintieron conmigo sus canciones como si no hubiese nada más en el mundo. En ese mismo vagón de metro de camino al trabajo volví a Santiago, al suelo de aquella habitación con Patri dónde escuchábamos Chelsea Hotel y palpábamos la indescriptible sensación de estar vivas. Volví a Castrelos, a aquella tarde de verano con Marieta y mi madre, dónde él vestido con un traje negro impecable se arrodillaba despacio ante las cuerdas de una guitarra española, ante nosotros. Volví a mi cuarto, a mis 22 años, a sentir el cosquilleo en la la nuca mientras el coro de niños franceses aparece en The Partisan. Volví a ser yo 10 años atrás, sentada en las butacas rojas del Teatro Principal, viendo a Rufus Wainwright describir como Leonard intentaba resucitar a un pequeño gorrión.

En estos tiempos en los que nos ha tocado vivir se disparan en el muro digital todo tipo de lamentaciones, el duelo se desviste ante un millón personas que no quieren sentirse solas. Y es así , rebuscando en el muro que descubrí el discurso de los premios Príncipe de Asturias, lo vi a través de la pantalla de mi móvil haciendo cola para un restaurante. Y ahí otra vez volvió a pasar, se detuvo el tiempo, se me congeló el alma y se dispararon las palabras en mi cabeza. Gracias dijo el hombre, que allí con su voz pausada por el paso de los años supo ser solo eso, un hombre.

Gracias Leonard, gracias a ti por parar el tiempo y por dar voz a la soledad y acordes a la esperanza de que la belleza y la bondad están ahí, escondidas esperando a que alguien sepa verlas.

 

 

 

 

 

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