Vigo

photo-6Empiezo a escribir con 3 borradores inacabados a mis espaldas. Tecleo con el miedo  de saber que esto puede ser otro intento fallido. No voy a pensarlo mucho, a veces es mucho mejor dejarse llevar. Por momentos como este un verano me fui a pasar dos meses a trabajar a un hotel en la Isla de Wight o decidí un Junio de 2008 que yo no volvía a casa.

Hace poco leí un artículo de Javier Cercas, se titulaba “Vivir Fuera”, en el hablaba de como nos vamos para descubrir y con el paso de los meses te vas dando cuenta de que lo que dejas al descubierto es a ti mismo. Dice también que a Borges le hicieron falta 7 años en Paris para darse cuenta de que era argentino. Todo esto me hizo recordar un capítulo de Doctor en Alaska que vi en el salón de Domayo cuando tenía 13 años,  cuando todavía aquellas paredes me asfixiaban.  No recuerdo exactamente las palabras del doctor Dr. Fleischman, pero hablaba de como en cada viaje uno se va para poder volver y  poder entender así realmente por qué se fue.  Aquello me impulso escribir la primera línea de un cuaderno,  y desde entonces este se ha convertido en el más fiel de mis amantes. Recuerdo que aquel cuaderno ( más bien libretilla cutre) era de color amarillo y con un corazón rosa enorme en la portada. Con el tiempo me he pasado a las Moleskines negras en un intento de parecer más sofisticada o más bohemia como diría un amigo, aunque como dice Celine las cubiertas cambian con los años  pero estas sólo nos enmascaran, en el fondo seguimos siendo los mismos, seguimos sintiendo lo mismo.

El caso es que Londres  me he enseñado que soy mucho más gallega de lo que yo pensaba, y eso que el castellano es mi primera lengua, aínda que a Nena lembráme sempre que a constancia é unha virtude que hai que practicar. No he hecho nada para sentirme así, simplemente es así, como lo de enamorarse y desenamorarse.  Como tamén di a Nena “se quererse fose un acto voluntario  estaríamos todos con todos e isto sería un puterío”.  Y todavía digo más, soy Viguesa y me gusta. Vigo tiene esas calles feas y siempre en obras, tiene sus malotes (según Eski los malotes son una especie de origen vigués), tiene Churruca y una panadería abastecedora infinita de empanadillas a las 5 de la mañana. Tiene a los amigos que no hace falta llamar por que siempre aparecen. Tiene el mar,  y sí, está enclaustrado por un puerto dueño y señor de la ciudad,  y sí,  la playa no está tan cerca como en Coruña, y sí,  alguién tuvo la gran idea de poner el centro de la ciudad en una cuesta, así que uno se pasa el día subiendo y bajando , y sí , tiene un casco viejo que late vida pero llora con ventanas rotas y yonkis esperando su metadona. Y sí que gran error quitar el tranvía y todo el destrozo que se hizo en los 80 cuando todo se tiro sin ton ni son por que la palabra crisis solo conocían Almódovar y sus mujeres. Pero lo cierto es que yo no estoy hablando de que sea ni mejor ni peor, lo cierto es que simplemente a mi me gusta y he tardado casi 9 años en darme cuenta, joder ¡9 años!  Quizá sea este sea el amor que nunca encuetro por que ando demasiado ocupada entre películas,  las que veo y la que me monto.

En fin señores que los aeropuertos son algo tristísimo cuando uno no se quiere ir y que esto de madurar es un auténtico rollo.

Les dejo el aquí el artículo de Javier Cercas, Vivir Fuera, que por supuesto está mucho mejor escrito que el mío, pero por lo menos este no se queda en la bandeja de borradores.

Como esto lo escribo yo y por que escribir y soñar es gratis,  se lo dedico a Lola, a Nena,  a Astrid, a Bego, a Eski , a mis padres, a mi abuela y  a mi hermano, y por supuesto a todos esos que no puedo nombrar por que todavía no he ganado el Oscar.

Streets of my own

photoCuando te rompen en corazón uno vuelve a las cosas simples, vuelve a  lo que nunca debió olvidar. En los últimos 3 meses me he dado cuenta de  que muchos recuerdos imprescindibles tienen como puesta de escena una cocina. Así que empecé a recordar todas las cocinas en las que he vivido, 11 en total. Y eso sin contar las de mis abuelas, amigos, tíos y tías, deconocidos y toda esa gente que aparece en una noche para desvancerse en el café de la mañana.

Sobremesas que se unen con la cena, riñas familiares sobre política y los minutos de cocción de unos langostinos(ambos de igual importancia), cucharadas de sopa con exceso de sal, cafés de una segunda cafetera, hacer montañitas de migas de pan en un mantel, bocadillos de chorizo e un vasiño de auga antes de ir para cama.

Y así uno vuelve a mudarse, a empezar de cero, a colgar las mismas fotos en una pared extraña para volverla amiga, a diseñar cinco focos de luz diferentes para que la cenital no vuelva los espacios en lugares sin alma, a sacar zapatos, a esconder fotos y a recordar noches gracias al hallazgo de la pareja solitaria de un pendiente rojo en el bolsillo de una chaqueta olvidada.

Cuando caminaba para casa pensaba en que algún momento echaré de menos esta calle que todavía hoy se me hace estraña, sé que  memorizaré la luz de mayo en la esquina de Jenner road y tendrá la misma belleza que la rotonda de Clapton, que la boca de metro de Bethnal Green, que las calles nevadas de Lordship Road, que la incertidumbre de Queensbridge Road y los atardeceres del balcón de Albion Road. Todas ellas pasarán al olvido y al mismo tiempo serán cicatrices de tiempos vividos, de personas amadas y de tantos errores cometidos.

Lo curioso es que todo pasa, todo se vuelve ceniza y al final las paredes de una cocina se reducen a las sonrisas de mi padres y mi hermano, a los labios rojos de Marieta, a las manos de Raque removiendo en el café, a las maneras impecables de Vicente en la mesa, a los platos vacíos en las cenas con de Oli y Lucas,  al ritual del los desayunos de Patri y a tantas copas sin acabar en casas de amigos a lo que debo visitar pronto.

Nadie dijo que era fácil, pero tampoco dijeron que era imposible. Sólo hay que encender la luz,  mirar por la ventana y saber que la gente que importa de verdad vive ahí, a la vuelta de la esquina. Las calles cambian pero los amigos siempre quedan.

A todos mis amigos que han tenido que irse, a los que han tenido que volver, a todos lo que dejaron todo pero se llevaron lo importante.

Buenos Aires

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo…

Aterricé de noche con el frio de un invierno desteñido ante la inminente llegada de la primavera. Doce horas de avión, un océano de por medio  y varias tazas de café con esperanza como azúcar.

Que difícil explicar dos semanas en una ciudad desconcida y sin embargo tan cercana. No quiero empezar la casa por el tejado, por eso he recogido los escombros y con ellos escribo este mosaico de impresiones y realidades fragmentadas por la mirada del ojo extrajero que no extraño.

Ciudad de inmigrantes con sueños cumplidos y de añoranzas de otra tierra y otros tiempos. Sus cafés son cápsulas de tiempo donde los recuerdos están atrapados en sus muebles de madera y en los uniformes de unos camereros a los que el paso de la vida les ha agriado el carácter, algo tosco, seco pero todo eso se olvida cuando llega el cafesito y las 3 medialunas reglamentarias.

Su estructuración por cuadras fuerza al caminante a eligir siempre un destino desconcido, una constante  encrucijada de cuatro caminos. Su division de escuadra  y cartabón contrasta con el caos de la ciudad. Al ruído de sus aceras quebradas le acompaña el motor incesante de sus “bondis” de latón coloreado, carreadores de las historias cotidianas de una ciudad a la que cuesta seguirle el ritmo.

Buenos Aires tiene ferreterías en cada calle, como si todo estuviese por hacer o por arreglar. A estos establaciemiento casi siempre vacíos se le suman las cerrajarías muchas puertas por abrir y otras tantas que no se quieren cerrar por ese regusto dulce que tiene la nostalgia.

No quiero ponerme hablar de la comida por que esto no es un texto culinario, solo decir que expresiones como “una de mussa” y “una empanidita de carne” deberían formar parte del vocabulario popular de cualquier país.

Desde hace tiempo que pienso que las grandes ciudades son unos monstruos de muchos brazos, o te dejas abrazar o pueden acabar estragunlándote. Son junglas con reglas y en Buenos Aires imperia la aleatoriedad como norma general.

Buenos Aires tiene sus oasis, y estos carecen de agua pero desbordan en ellos los libros.   Y es que el libro electrónico es una arma que lo porteños han decidio no empuñar. Las librerías son un  lugar no solo para la cultura, es una manera de parar el tiempo y el frenesí de sus avenidas.

Sus agujéros negros son las villas, son las vidas a medio construír en las vías del ferrocarril, una especie de purgatorio, una sala de espera  a un tren que nunca llega. Al otro lado la opulencia ciega del que tiene mucho y al mismo tiempo no posea nada excepo su ego.  Las llaman miseria, por la pobreza que sujetan entre sus manos, esa misma pobreza que sujeta unas casas incabadas, allí no hay ferreterías, quizá no conviene arrelglar las cosas.

A los colores de sus calles el sol les ha robado su niñez, pero aún así todos conservan una calidez constante, quizá porque a los porteños les gusta amar y ser amados. Se despiden con abrazos y te quieros, se saludan con sonrisas y grandes esperanzas, que bello es sentir de nuevo el calor humano. Quizá por eso les corra el arte por las venas, por que la vida no se reduce a facturas y responsabilidades, por que crear es una forma de respirar, mas sana, más honesta.

Buenos Aires, Madrid, Santiago, Paris, Londres, New York… Las capitales son ciudades sin patria, hogar de los exiliados del alma,
de los tratamundos indecisos incapaces de asumir el paso del tiempo y las fechas de cadudicad. Avenidas y callejones sin salida, las capitals son escondites  para los fugitivos hijos de la poesía, la música  y el arte, son ellos los negadores de las existencia de una realidad encerrada en cuatro paredes. Hay muchas más realidades pararelas, más jodidas más con los pies en la tierra, más quebradas, pero no me siento con autoridad de contarlas. Yo al fin y al cabo, solo fui un pasajero, otros pies que dejaron huella y se llevaron un poquito de ese aire porteño que tienes ese que se yo. viste.