BrokenAsí es como conocí a Beatriz, allí sentada con el pelo suelto, vestida de negro y el maquillaje un poco corrido, en las últimas semanas no había dejado de llover.

Cortázar pintaba en la pared de aquella habitación dónde se podia oler la tristeza que a las Beatrices no se las elige como no se elige la lluvia que te va a calar a la salida de un concierto. Yo no elegí conocerla, yo no elegí entrar en aquella habitación y sin embargo ya estaba dentro.

Y así empecé a observarla, a seguirla, a escucharla, a simplemente convertirme en ella. Cada dos noches rebuscaba entre su pelo para quitarse esas horquillas negras que siempre aparecían en los lugares más insospechados, cada mañana preparaba el café y lo servía en un taza blanca, cada día entraba en la habitación y encendía las luces de su habitación y cada noche las apagaba en el mismo orden. El orden era algo importante aunque precisamente eso hubiese acabado por ahogar sus ganas de gritar.

Beatriz tenía la mirada pérdida, caminaba sin hacer ruído desde hacía ya unas semanas, como si la hubiesen dibujado en papel y alguién se hubiese olvidado de colorear por dentro.

Yo no era nadie para ella, yo era una sombra a la que le susurraba por la noches, y sin embargo ella contaba conmigo. Yo me convertí en el suelo firme, en el alo de aire al final de cada llanto, en la sensación de hambre, sueño y deseo, yo me convertí de alguna manera en el paso del tiempo.

Ella se agarró a mí sin saberlo, se levantó cada mañana de mi brazo y se acostó conmigo sin tocarme. Ella tejió un cicatriz entre su vacío y mi silencio.

Cuando el frío entre los dos se volvía de color azul ella ponía música y me decía con los ojos cerrados y  el puño atrapado en su pecho:

Take a little walk with me now

Take a little break from thinking all the time

Cause I need a fever darling

To make it on top

To put a little smile

To give me back the child

Sometimes we all need to unlock

Cause I need a fever darling

Don’t think that’s all

Just close your eyes

Cause everybody needs to step out for a while

Las callecitas de Buenos Aires tienen ese que se yo…

Aterricé de noche con el frio de un invierno desteñido ante la inminente llegada de la primavera. Doce horas de avión, un océano de por medio  y varias tazas de café con esperanza como azúcar.

Que difícil explicar dos semanas en una ciudad desconcida y sin embargo tan cercana. No quiero empezar la casa por el tejado, por eso he recogido los escombros y con ellos escribo este mosaico de impresiones y realidades fragmentadas por la mirada del ojo extrajero que no extraño.

Ciudad de inmigrantes con sueños cumplidos y de añoranzas de otra tierra y otros tiempos. Sus cafés son cápsulas de tiempo donde los recuerdos están atrapados en sus muebles de madera y en los uniformes de unos camereros a los que el paso de la vida les ha agriado el carácter, algo tosco, seco pero todo eso se olvida cuando llega el cafesito y las 3 medialunas reglamentarias.

Su estructuración por cuadras fuerza al caminante a eligir siempre un destino desconcido, una constante  encrucijada de cuatro caminos. Su division de escuadra  y cartabón contrasta con el caos de la ciudad. Al ruído de sus aceras quebradas le acompaña el motor incesante de sus “bondis” de latón coloreado, carreadores de las historias cotidianas de una ciudad a la que cuesta seguirle el ritmo.

Buenos Aires tiene ferreterías en cada calle, como si todo estuviese por hacer o por arreglar. A estos establaciemiento casi siempre vacíos se le suman las cerrajarías muchas puertas por abrir y otras tantas que no se quieren cerrar por ese regusto dulce que tiene la nostalgia.

No quiero ponerme hablar de la comida por que esto no es un texto culinario, solo decir que expresiones como “una de mussa” y “una empanidita de carne” deberían formar parte del vocabulario popular de cualquier país.

Desde hace tiempo que pienso que las grandes ciudades son unos monstruos de muchos brazos, o te dejas abrazar o pueden acabar estragunlándote. Son junglas con reglas y en Buenos Aires imperia la aleatoriedad como norma general.

Buenos Aires tiene sus oasis, y estos carecen de agua pero desbordan en ellos los libros.   Y es que el libro electrónico es una arma que lo porteños han decidio no empuñar. Las librerías son un  lugar no solo para la cultura, es una manera de parar el tiempo y el frenesí de sus avenidas.

Sus agujéros negros son las villas, son las vidas a medio construír en las vías del ferrocarril, una especie de purgatorio, una sala de espera  a un tren que nunca llega. Al otro lado la opulencia ciega del que tiene mucho y al mismo tiempo no posea nada excepo su ego.  Las llaman miseria, por la pobreza que sujetan entre sus manos, esa misma pobreza que sujeta unas casas incabadas, allí no hay ferreterías, quizá no conviene arrelglar las cosas.

A los colores de sus calles el sol les ha robado su niñez, pero aún así todos conservan una calidez constante, quizá porque a los porteños les gusta amar y ser amados. Se despiden con abrazos y te quieros, se saludan con sonrisas y grandes esperanzas, que bello es sentir de nuevo el calor humano. Quizá por eso les corra el arte por las venas, por que la vida no se reduce a facturas y responsabilidades, por que crear es una forma de respirar, mas sana, más honesta.

Buenos Aires, Madrid, Santiago, Paris, Londres, New York… Las capitales son ciudades sin patria, hogar de los exiliados del alma,
de los tratamundos indecisos incapaces de asumir el paso del tiempo y las fechas de cadudicad. Avenidas y callejones sin salida, las capitals son escondites  para los fugitivos hijos de la poesía, la música  y el arte, son ellos los negadores de las existencia de una realidad encerrada en cuatro paredes. Hay muchas más realidades pararelas, más jodidas más con los pies en la tierra, más quebradas, pero no me siento con autoridad de contarlas. Yo al fin y al cabo, solo fui un pasajero, otros pies que dejaron huella y se llevaron un poquito de ese aire porteño que tienes ese que se yo. viste.

 

 

 

Aquel 2012 cuando aún vivíamos en la Isla nos robaron el verano. Se llevaron sin preguntar nuestros sueños imposibles que siempre parecen posibles cuando se discuten en la terraza de un chiringuito de playa. Aquel verano echábamos de menos los bañadores secándose en los lugares más insospechados de la casa y el olor a crema hidratante. Incluso temíamos que el sol se hubiese ido para siempre.

Aquel verano nos robaron el derecho a descansar y no pensar ¿por que cuando si no en verano se le concede  al ser humano la posibilidad de tumbarse medio desnudo en un espacio público y no hacer nada?

Llevamos meses sin ver el sol y esta lluvia incesante carece ya de cualquier valor melancólico. Llueve sobre mojado y si no mojamos más acabaremos por descomponernos en micro partículas ante cualquier encuentro físico.

Las gotas contra la ventana nos dicen que el tiempo pasa y el gris uniforme de estos días alarga la rutina de un  mes que podría ser cualquiera, ya que en Inglaterra este año nos han recortado hasta las estaciones.

Escribo en pasado aún a sabiendas de que esto es mi tiempo presente, pero como se dice en mi querida Galicia: “Nunca choveu que non escampara”.

:-)

 

En invierno la mayoría de la gente camina mirando hacia el suelo, supongo que lo hacen para evitar que el viento se cuele entre sus bufandas y sus abrigos. Nada hiela más que el viento gélido sobre nuestras nucas, y si no que le pregunten al niño del Sexto Sentido. El invierno nos tersa la piel y nos hace más conscientes de la vulnerabilidad de nuestro cuerpo, nos congela las esperanzas y hace escarcha nuestras lágrimas. Miramos al suelo y olvidamos,  invernamos como los osos y la rutina se vuelve de una mecanicidad tediosa.  Así, cabeza agachada giramos las esquinas sin mirar, nos damos por vencidos, un derrotismo al que es fácil agarrarse.

Yo me imagino al invierno como un señor de piernas largas, americana gris y sombrero negro. Es un señor de una gran elegancia, pero hay un vacío en sus ojos que me asusta. A veces este señor decide arroparnos con un manto blanco, parece un acto bondadoso pero no se dejen engañar. Cuando empieza a nevar la gente se asoma por la ventana hipnotizada, es un fenómeno que tiene algo de milagroso, blancos copos descendiendo en una melodía silenciosa del cielo, como si fuese Dios sonriendo en millones de pedazos. Los rayos de ese tímido sol de invierno se filtran a través de ese cielo de un gris uniforme, rebotan sobre la nieve y todo se ilumina con una luz destelleante, una ilusión de un verano que todavía está lejos. Todo brilla y hasta se puede llegar a sentir una especie de purificación.  Pero lo cierto es que al cabo de unos días la nieve se derrite, llega el barro y llegan las bolsas de patatillas congeladas, los cigarros a medias, el carozo podre de una mazana y hasta calcentines en busca de su media naranja.

En ciudades como Londres la nieve desenmascara además una rabia contenida. Los niños de uniforme gris por la semana y sudaderas de capucha negra en el fin de semana, juegan por primera vez en las calles. Por el brillo de sus ojos me pregunto si es solo un juego o responden a la bofetadas de sus casas. Su sonrisa en este inocente juego no es la misma que la de los niños en las películas de Capa. Cada disparo trata de tirar abajo esta sociedad que les ha arrebatado su futuro, posiblemente ni siquiera les han dado la oportunidad de saber que podían tener uno.

Llevaba días pensando en el invierno cuando descubrí It´s all about love, película de un director danés llamado Thomas Vinterberg, que también dirigió la gran Dear Wendy. Sinceramente la película es mediocre tirando a mala, pero habla del frío, habla de un gran ciudad como es New York y habla de falta de amor en las grandes metrópolis. Siempre en planos secundarios y de una manera insoportablemente natural la pantalla se llena de cadáveres abandonados en aeropuertos, papeleras, aceras, etc. Es 2021 y la gente muere de tristeza en NYC, es un fenómeno corriente y los habitantes de New York se han vuelto inmunes a la tragedia de la muerte de un ser humano solo y con un corazón roto. Me pareció de una crueldad extrema y de una lógica indiscutible.

Solo pido una cosa, invierno váyase usted ya. Estamos indignados por sus engaños, no queremos sus bofetadas blancas y devuélvanos el sol, devuélvanos la fé en que a la vuelta de la esquina puede haber un mundo nuevo.

Era un hombre chiquito, pelo negro mal cortado, ojos tristes y boquita de piñon. Salía cada mañana a la calle sin saber que dirección tomar, no tenía una meta ni nadie al que besar. Simplemente caminaba. Sufría la enfermedad propia de su generación¨la insatisfacción¨

Este tipo de enfermedad ni siquiera estaba reconocida por la comunidad médica pero era facilmente contagiable. Los síntomas eran al principio inpercitibles, falta se sabor en los alimentos, cansancio por la inamobilidad del tiempo o la incapacidad para distinguir lo feo de lo bello. Con el transcurso del tiempo la situación se agrababa y podía causar cierto aislamiento social ya que cualquier tipo de encuentro con un ser humano producía en él un aburrimiento tedioso, las risas se volvían insonoras y los abrazos se escurrían en su piel como un pañuelo de seda.  Para los que no sufren de la enfermedad veían en él un hombre caprichoso, malvado y desagradecido. Algunos se compadecían de él y susurraban a sus vecinos: mira ahí va el hombre sin alma.

Los días pasaban y los segundos iban perdiendo peso,  los atardeceres se difuminaban y a veces le costaba distinguir si los cálidos de abajo pertenecía al comienzo de la noche o del día. Las alturas de los edificios tras su ventana se volvían una y aunque el viento moviese las hojas de los árboles, a sus ojos el mundo se volvía fotografía, una postal en blanco y negro sin destinatario.

Salía cada mañana sin dirección, salía con zapatos negros y pantalones de algodón gris. Cruzuba cada calle y doblaba en cada esquina, lo hacía sin ilusión pero seguía caminado. Los vecinos lo miraban con sospecha.  Acumulaba en su bolsillo cada sonido y cada imagen esperando que la brisa le arañase las lágrimas no lloradas y le llenase la panza de color.

80 días sin escribir. ¿Tanto le ha dado de comer al monstruo? Parece que sufre de un empache de angustias, prisas y excusas.

80 dìas y 41 horas han pasado. Pero aquì estoy sentada, dejando que este verano improvisado entre por la ventana, escuchando a Leonard y imaginando la habitación del Chelsea Hotel.

LONDRES.

Londres es la ciudad de los cielos grises.

Londres es una ciudad donde uno viene a cumplir sus sueños y acaba rompiendo muros de ladrillos rojos.

Londres endurece la piel pero las almas siguen estando mojadas.

Londres se esconde en los retrasos de un tren de cercanías. Resplande en un minuto de sol entre bloques de edificios donde se acumulan almas de vidas inacabadas.

Londres te barre a patadas los miedos y te multiplica las frustraciones.

Londres no tiene grandes avenidas sino callejuelas sin salida.

362 lenguas y un millón de malentendidos.

Es el final de un carnaval costante, un baile de màscaras de colores desteñidos donde todos sonríen y pocos se atreven a bailar.

La luz de esta ciudad no se haya tras las nubes, se esconde en las miradas de los desconocidos, en las casas de los exiliados, en las bodas de amigos que se quieren.

Londres es un suspiro que dura años y al que cuesta expulsar sin mirar atrás.

Pd: Con todo mi amor a London Town.

Queridos ciudadanos:

Hace días que los acontecimientos en las diferentes plazas de España me han convertido en una exiliada a la fuerza o en uno de esos millones de gallegos que un día dejó su tierra para buscar un futuro mejor. Habló con la humildad que me permite este individualismo en el que vivimos, el margen de error es inmenso, pero desde está pequeña habitación de paredes blancas,  ventanas grises y la cálida luz de una lamparita,  me invade la frustración que impone la pantalla de un ordenor. Trato de imaginar el nudo en el estómago del que se encuentran fuera de su país por que a la vuelta le espera la muerte, siento los puñetazos entre las cuatro paredes de una habitación de la que alguién ha tiradado la llave de la cerradura al mar.

Facebook, twitter, el correo, youtube,  las versiones digitales de cualquier periódico,etc son las herramientas con las que intento desesperadamente acercarme al corazón de todos los que duermen a la intemperie y fabrican sueños y realidades entre sacos de dormir, cigarros y cuadernos. En estos días me han enseñado a despertarme con los ojos más abiertos, he aprendido que la información tiene una forma curiosa de esconderse, que para ver el sol hay que salir a calle, que la revolución de la que hablaron nuestros padres tiene hoy miles de rostros.

Yo vine a Londres por decisión propia, tengo trabajo, casa, amigos… pero la morriña se oculta en la cara de un desconicido, entre el queso sin sabor de un sanwich, en la falta del olor a mar, en la carencia de terrazas y panaderías y en los abrazos que se pierden cuando uno vive lejos de casa.

Desde mi pequeño cuarto y bajo los cielos indefinidos de esta isla solo quiero decirles lo inmesamente orgullosa que estoy de ustedes, de que las fronteras se diluyen cada vez que los veo reunidos en las plazas. Y para los que no entienden muy bien que está pasando solo decirles que como dice Galeano estamos pariendo un mundo nuevo y yo quiero vivir en èl.

Gracias, gracias, gracias.

Humildemente suya,

Beatriz.

“Escribir es caminar, imaginar, recordar, escuchar, mirar. La naturalidad es tan perfecta que hace falta mucha atención para apreciar el artificio que la hace posible.”

- Antonio Muñoz Molina

Escribir es para mi jugar al malabarista. Tirar palabras al aire para dejarlas caer, pero hay que tener cuidado, hay que agarrarlas bien y saber elegir el orden correcto. Aquí no funcionan las matemáticas  y el orden de las palabras si que altera el producto.

Ejercicio número 1.  Escriba usted un cuento a partir de un título.

Imagínense a una niña bonita, una de esas a las que le brillan los ojos y el pelo incluso en los días nublados. Esa niña se llama V. A ella le gusta cazar las Olas del mar, se las lleva a casa por que el ruido del oleaje  siempre le ha ayudado a dormir, le ayuda también a no sentirse Sola. A ella también le  gusta pasear, pero le desagrada profundamente saber su destino y trazar cualquier tipo de plan, por eso siempre lleva un Yo-Yo, este pequeño instrumento le ayuda a abstraerse del tiempo, incluso a llega a desparecer y a olvidarse de si sus pasos son hacia delante o hacia atrás. Ella ha aprendendido que estas costumbres tan sencillas le ayudan a ser feliz y a no sentirse  Sola. Y es que a a veces por la noches todo se vuelve Oscuro y no precisamente por la falta de Luz. Ella sabe muy bien que aunque las noches son largas siempre llega la mañana, siempre llega el Sol (aunque en su ciudad haya que hacer grandes esfuerzos para verlo) y es que despues del invierno siempre aparece la primavera. A veces es mejor no hacerse más preguntas.

Vos y Sol.

Tiempo, tiempo, tiempo…A veces olvido el valor de los minutos, cuando dura un segundo y confundo las mañanas con las tardes. Siempre he creído que el dinero no compra la felicidad pero si tiempo.

Se me desdibujan los segundos como cuando la mirarme al espejo durante unas cuantas respiraciones empiezan a desvancerse los rasgos de mi cara, y no veo si los ojos están en el lugar correcto,  si la boca es la que oye y he empezado a besar con las orejas. Hablo del tiempo por que hoy se me han llenado las agujas del reloj con un montón de silencios, he mirado a hacia dentro y he vuelto a escribir por que ya no se si las 00:26 es tarde o temprano.

El tiempo hoy  se ha vuelto naranja, naranja como los atardeceres de un día de sol en una ciudad tan gris como esta.

*Foto de Alberto Balazs

Los mentirosos son casi inconscientes de su mentira, la soborean en el momento de pronunciarla pero tan pronto como clavan la estaca todo vuelve a cobrar sentido. No sienten culpa porque son ellos mismos los primeros en creerse sus mentiras. Su autoestima es un arma de doble filo, mienten en un alarde de creerse algo que no son, y sin embargo son tan vanidosos que alaban sus victorias, eso si, siempre en silencio.

La mentira en mi casa siempre ha sido pecado capital, tal vez por eso nunca he sido capaz de perdonarla. Yo más que la mentira practico el auto engaño , pequeños juegos del alma para que las cosas duelan menos. Así dejo pasar los días en donde sonrío y el espejo reacciona de manera muy gentil a mis engaños, siempre refleja lo que yo le ordeno.

La mentira duele, lo hace despacio ya que uno no sabe que la padece hasta que pasa el tiempo y aprendes a girar la cabeza hacia ese lado oscuro donde se esconde la luz. Una vez descubierta, la mentira se convierte tan real como la verdad misma, y con el tiempo la ira se va al país de nunca jamás. Luego viene el conformismo, nada más triste que la mediocridad sin revolución.

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